top of page

Aviones de papel

  • 11 oct 2016
  • 4 min de lectura

Sabemos que durante la Segunda Guerra Mundial ocurrieron muchos sucesos mayoritariamente tristes, y este no es el excepción.

En Alemania las cosas marchaban mal desde que Hitler tomó el poder, eligió a sus mejores hombres y los repartió por todo el país. El coronel William Adams y su pequeña hija Elizabeth habían llegado ese día a lo que sería su nueva casa.

Como todo niño curioso, Elizabeth pasó aquella tarde investigando la inmensa casa, siempre acompañada de una sirvienta quien se aseguraba de que la niña estuviera bien. Esto se debía a que la pequeña niña tenía un corazón artificial. A los 7 años, su madre y ella habían tenido un accidente, lo cual provocó la muerte de la madre y dejó en un estado grave a Elizabeth. Ese fatal día William casi perdió a toda su razón de vida, pero gracias a Dios no fue así. Ahora, debía luchar por su pequeña hija, asegurándose de hacerla feliz en aquel mundo tan cruel.

Era lunes por la mañana, Lizzy se despertó temprano, ese día intentaría algo nuevo. Usando toda su astucia, logró escapar de la vista de la sirvienta que la cuidaba y a pasos rápidos corrió hacia el jardín trasero.

Era un lugar nuevo para ella, que solo podía apreciar por la ventana del segundo piso. Con curiosidad, paseó por los verdes prados, hasta llegar frente a la gran cerca que rodeaba su casa. Era tan alta como un roble y parecía impenetrable. Miró de lado a lado, hasta notar una figura no tan lejos de ella. Caminó hasta la borrosa figura que finalmente tomó la forma de un chico. Era el primer niño que veía desde su llegada, corrió con ánimo, por fin tendría a alguien con quien jugar. Se detuvo, quedando frente al chico, sus miradas se cruzaron, ambos se sonrieron. Pero había algo que los separaba. La cerca.

Lizzy hubiera querido estar al otro lado, pero parecía imposible pasar, así que prefirió iniciar una conversación.

-Hola ¿quién eres? ¿cómo te llamas?- Le preguntó al chico rubio quien solo la miraba con tristeza. Ella no entendía el porque de su reacción y siguió hablándole, pero el chico no contestaba. Y fue ahí que lo notó, vio unas hojas que sostenía junto a un lápiz, el chico escribió algo en ella y luego le dio una forma, la forma de un avión. La figura delicada pasó sobre la cerca, el viento le había ayudado y así el avioncito llegó a sus manos. Lo recibió y de inmediato lo leyó con ansias:

"Hola, es un gusto conocerte, lamento no poder hablarte, es que... no puedo"

Ahora todo estaba claro, pero aquello no impediría que siguieran hablando, a través de los aviones de papel.

Día a día Lizzy iba a aquel lugar y hablaba con el chico, y así nació su amistad. La niña mantenía esa amistad como secreta: sabía que su padre le prohibiría hablar con él y la castigaría.

Una semana se convirtió en un mes, poco a poco William iba notando la alegría de la niña y eso no lo hacía sospechar. Pero no todo era color de rosas. Quizás el ánimo de Lizzy era bueno, pero su salud iba decayendo. William sabía lo que sucedía, lo temido había llegado.

Desgraciadamente a Lizzy le quedaba poco tiempo, tarde o temprano debía pasar.

Una noche lluviosa Will se sentó frente a su hija y con todo el dolor del mundo le confesó la verdad. Lizzy sonrió y abrazó a su padre, ya sabía que le quedaba pocos días, pero lo único que le preocupaba era ¿Cómo le diría a su único amigo que su vida se apagaba? Aquel chico que la hizo reír y alegraba sus días, aquel de quien nunca supo el nombre.

Era martes, 12:15 am, el sol estaba oculto, en aquel lugar dividido por la cerca, se encontraban dos chicos de cabello rubio, sus miradas azuladas estaban fijas en la del contrario. La niña, quien tenía los ojos llorosos, elevó el avión que sostenía en su mano y al ver que su amigo lo tomaba, sin decir nada, corrió hacia la casa.

Ya era viernes, era un día gris y triste. Elizabeth estaba postrada en su cama, su piel estaba blanca, enfermiza y unas grandes ojeras adornaban sus azulados ojos. No había nadie en la habitación, era mejor así. Pero a pesar de todo, prefirió cerrar sus ojos e imaginar a su amado amigo. Fue entonces que la puerta se abrió. Ella miró en su dirección y sintió que alguien la abrazaba cálidamente. Sus ojos se llenaron de lagrimas, aquel chico estaba junto a ella. No lo podía creer, pero estaba ahí, era real. Se separaron y el chico sacó de su bolsillo un pequeño avión de papel y se lo entregó. Lizzy rápidamente leyó la carta.

"Elizabeth, eres la primera amiga que he tenido, tu alegría y cariño me salvó de mi dolor y soledad. Al leer tu carta lloré toda la noche, no podía terminar así. Eres la persona que mejor me ha tratado, nuestra amistad nunca terminará, seremos infinitos mi querida Lizzy, este no es un adiós, es un hasta luego.

Con Cariño, Jack"

Aquellas palabras sinceras alegraron su corazón, además ahora sabía su nombre. Jack. Mientras desde la puerta William veía desde la puerta a los niños sonriendo levemente.

Y entonces sucedió, pasaron algunas horas y Jack nunca soltó su mano. Lizzy cerró lentamente sus ojos y aquel día abandonó este mundo, sonriendo con sinceridad porque su sueño se había cumplido. Por fin se reencontraría con su madre.

Jack no pudo evitar llorar, había tomado un cariño sincero hacia ella. Sonrió con tristeza y en un papel escribió "descansa mi bello ángel" para luego darle la forma de un avión de papel.

Comentarios


2016, Colegio Cholguán. Región del Bio Bío, Provincia de Ñuble. Yungay, Chile

bottom of page