top of page

Algunas cosas no tienen porqué terminar

  • 8 jul 2016
  • 4 min de lectura

Y estoy aquí, sentada en el balcón, a punto de cumplir lo que he planeado durante tantos meses.

Me miro una última vez al espejo, nunca me he sentido tan a gusto con mi cuerpo, pero por una extraña razón hoy me siento distinta, nueva, cambiada, como si mi vida hubiera estado en pausa y ahora estoy a punto de reanudarla.

Reviso por última vez mi mochila, esperando que no me falte nada, echo un vistazo a mi antigua habitación, con un poco de nostalgia, pues me consuela en mis momentos más tristes. Bajo la escalera y dejo una nota en la mesa con flores que está al lado del comedor; pensar que escribí y reescribí esa carta tantas veces, sé que mamá la verá al despertar, quizás corra a avisar a mi padre y rompa a llorar, o quizás no, tal vez lo ignorará, incluso se alegrará, no dirá nada y seguirá su vida como si nada. En fin, ya no es mi problema. Vuelvo a subir las escaleras y salto por la ventana hacia el árbol, evitando mirar atrás. Llego de un brinco al suelo, tomo mi mochila y me largo.

Quiero recorrer por última vez las calles de esta ciudad, veo el columpio en el que jugaba de niña, y recuerdo mi primer beso (que precisamente fue ahí, en ese viejo columpio oxidado) o mi primera resaca, cuando este me sostuvo antes de vomitar todo el líquido que se encontraba en mi estómago. Cuando no aguantaba más y quería salir corriendo, siempre llegaba aquí, al mismo columpio, a mi gran amigo.

Paso por mi cafetería favorita, pienso en pasar a comprar una de esas galletas que tanto me gustan, pero luego de mucho pensar, decido no hacerlo. Nadie debe verme.

Sigo mi camino hasta llegar a la carretera central, en donde levanto mi dedo para hacer autoestop. Espero un largo rato hasta que por fin un conductor se apiada de mí. Me dice que sólo llega hasta Licanray, y le respondo que está bien. Al llegar al lugar, sigo caminando y me encuentro con una señora abriendo su panadería. Ya ha amanecido. Le pregunto a la mujer la hora y me responde con voz tosca 5:37 de la mañana, a lo que le agradezco y continúo caminando.

No hay muchos atractivos en este lugar, y se me hace tarde. Averiguando, me dijeron que hay un río a un par de kilómetros. No es tanto, pero necesito dormir. Así que camino al río me recuesto. Realmente tengo mucho sueño, pero ciertos pensamientos no salen de mi cabeza, pero después de un rato puedo por fin dormir.

Desperté un poco sobresaltada, soñé con Aliz, mi mejor amiga. O al menos a la que creía ser mi mejor amiga. En el sueño, ella me buscaba, pero yo no la dejaba encontrarme. No me gustó mi sueño, pero me doy cuenta de que ya es tarde y debo seguir mi camino.

Después de un rato caminando rodeé a un grupo de chicos, que deben haber tenido mi edad. Éstos me recordaban a mis amigos, a esos días de playa en los que podía ver salir y entrar al sol. En los que la noche era nuestra, cuando sentíamos que éramos los únicos mortales en la tierra. Que buenos tiempos. Da pena dejar todo eso atrás, tantas risas, tantos buenos momentos, y carcajadas que hacían doler el estómago. Esas locuras vividas sólo con ellos, esos consejos, esas motivaciones que me daban. Supongo que extraño esos momentos en los que sólo éramos nosotros, esas caídas que tuvimos de las que siempre nos levantamos juntos. Pero ya no se puede volver en el tiempo, y si se pudiera, nunca podríamos sentir lo que sentimos en ese momento.

La silueta del río me saca de mis pensamientos. Es hermoso, pero hay muchas personas. Decido rodearlas y me meto en los arbustos para evitar el gentío. En eso veo a dos personas fumando, no me sorprende y sigo caminando. Necesito un lugar más vacío. Caminar tanto me trae recuerdos de niña, cuando mi abuelo me invitaba a caminar, me hablaba de su pasado, de sus locuras de joven. Era muy sabio. Me hablaba también del presente y del futuro, pero a pesar de todo lo que me habló, jamás me habló de lo más importante: la muerte. Una vez me mencionó algo que aún está en mi cabeza.

Llego a un lugar rocoso y desnivelado, aquí es, aquí está perfecto. Comienzo a subir por las rocas con un poco de dificultad, hasta llegar a la cima. Puedo respirar, siento un nudo en mi garganta haciéndome añicos. Y empiezo a gritar, tan fuerte, tan liberador. Rompo en lágrimas, como una niña pequeña. Luego de calmarme un poco, la razón de mi venida vuelve a mi cabeza y prendo un cigarrillo.

Me preparo para saltar. Sé que es profundo, y si no muero ahogada, pues alguna piedra me golpeará. Sólo quiero morir y librarme de este sufrimiento.

Llego a la orilla, y miro hacia abajo, a la profunda oscuridad que pronto me abrazará por completo, y comienzo a pensar, valgo más que esto, no tengo que probarle nada a nadie, soy una guerrera, puedo seguir luchando contra la adversidad, así que no salto. Mis oídos retumban siguiendo los latidos de mi corazón. Mi mente solo puede gestar las palabras que repetía mi abuelo incesante:

"La muerte está tan segura de vencer que nos da toda una vida de ventaja"

Comentarios


2016, Colegio Cholguán. Región del Bio Bío, Provincia de Ñuble. Yungay, Chile

bottom of page