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"Tienda de corazones"

  • 7 jul 2016
  • 8 min de lectura

Jacob era un chico especial. Más que especial, es probable que fuera un rarito.

Desde el minuto en que se convirtió en un joven, su vida se basó netamente en buscar un corazón. Porque sí, nuestro amigo afirmaba con toda su alma, que carecía de corazón.

Sé que parece absurdo, y es probable que se hayan millones de preguntas de cómo esto es biológicamente imposible, e incluso duden de lo que tienen en su interior y empiecen a googlear millones de fotos de cómo se debería ver un cuerpo humano por dentro. No, queridos niños.

Para nuestro protagonista, esto no es absurdo ni biológicamente imposible, es su realidad.

Desde pequeño, Jake nunca sintió un cariño hacia ningún objeto. Los niños suelen tener un juguete favorito, pero este no era su caso. Todos los juguetes le parecían absurdos y sin sentido como si fueran mero objetos materiales. Que por supuesto lo eran, pero la mente inocente de los niños no comprendía la naturalidad de los juguetes.

Desde el principio su madre sintió un cariño atrayente hacia él y sabía que había algo especial en su hijo en el buen sentido. Y con el tiempo, se fue convirtiendo en el hijo más querido por la familia. Quizás era por su naturaleza especial, o porque era el más pequeño.

Pero nadie percibía como se sentía por dentro a medida que avanzaba el tiempo e iba madurando.

Se sentía terriblemente vacío por dentro, como si alguna parte de su corazón fallara. Pero por más que se sentía así, no decía nada ni siquiera a sus amigos más cercanos.

Luego vino el desastre. A los 17 años, en el instituto le hicieron realizar una actividad especial de Navidad: pedir un deseo y dejarlo en el buzón de los deseos.

No sabe porque lo hizo, simplemente arrancó una hoja de su cuaderno y anotó: “Deseo poder tener un corazón”. Fue algo tonto y vano, un intento fallido de encajar como todos. Y luego se arrepintió, así que dobló la hoja cuidadosamente y la escondió en las hojas de su libro de álgebra.

Caminó tranquilamente por el pasillo al salir de clases, totalmente ajeno al pequeño papel garabateado, que salía de su refugio para llegar al piso. Madre mía, eso debió de sonar bastante poético, porque simplemente quedó en el piso. Durante esa hora, y un par de horas más también. Nadie había notado el secreto del joven.

Y de todas las desgracias que lo podían haber pasado, justo le tocó una porrista. Esas típicas adolescentes hormonales, con faldas más cortas de lo que el gobierno permite, y un corazón más podrido que un pescado sin refrigerar en un día de calor.

De los casi setecientos estudiantes que asistían regularmente al instituto, justo tenía que llegar esa rubia oxigenada a recoger el papel que se le había caído a nuestro amigo.

Quizás se preguntaran ¿cómo habrá reconocido el dueño del papel? No me crean tonta, eh. Pues, es simple: su nombre estaba garabateado al final de la hoja, cómo solía hacer al final de cada nota que tomaba en su cuaderno.

Y ahí estaba el karma, en forma de porrista plástica y que además tenía una máquina de fotocopias de su lado. Porque sí, nuestra muy querida amiga (nótese el sarcasmo) copió el papel una y mil veces, hasta que la pobre máquina casi explota.

Y luego repartió la desgracia de nuestro protagonista a todos los estudiantes, y pegó otras cuantas en las paredes de los pasillos. Así, desde ese día, nuestro amigo sufrió el constante maltrato y burlas por parte de sus compañeros.

“Eres demasiado patético. Búscate una novia. ¿O es que no puedes porque no tienes corazón?”

“Te diría que tienes buen corazón, pero espera. No tienes”

“¿Cómo le haces en clases de biología? Seguro tanta locura te marea ¿no crees?”

“Acabo de plantearme toda mi existencia. Para tu cumpleaños podría regalarte un corazón, ya sabes. O si quieres te busco una tienda de corazones, a ver si alguien te compra uno”

Notas como esas (o incluso más crueles) llegaban anónimamente a manos de Jake. Pero fuera de sentirse humillado o dolido, no sentía nada en absoluto. Recordemos que no tenía corazón, por lo que no podía sentir ningún sentimiento. Era como un autómata, con los hombros caídos y la mirada perdida.

De todas las notas que pudo haber recibido, la última lo hizo reflexionar en sobremanera. Hasta que salió del instituto y se convirtió en casi un adulto. Y digo casi, porque aún no iniciaba siquiera la etapa universitaria, y su espíritu se hallaba lejos de la madurez.

Recibió una beca universitaria dentro de su ciudad, por lo que tendría a su familia cerca y de tener amigos, a ellos también.

Pero todavía le faltaba afrontar un verano, y sin duda iba a ser lo más difícil.

Salía a dar largas caminatas, de las que usualmente volvía muy entrada la noche. Caminaba por las calles de la gran ciudad, los parques abarrotados de gente que desconocía y miles de tiendas de distinta índole a sus costados.

Una mañana, se despertó con una sensación diferente creciendo en su pecho. Sentía que iba a ser un buen día, hasta que esa sensación tan confortable lo abandonó. Le vino a la memoria la razón de su desdicha y se desplomó sin ánimo otra vez. Y acudió a su madre.

—Mamá— empezó temeroso ante la reacción de su madre, que se encontraba de espaldas a la puerta, preparando el desayuno. La tez clara y la sonrisa acogedora de su madre lo hicieron sentir más seguro de si mismo, y dejó de tener miedo. Es lo que las madres hacen ¿no?— ¿Sabes de alguna tienda que…ehm.. venda corazones?

Su madre se rió levemente. No de esas risas de burla como solían hacer sus compañeros. Más en plan “no-me-preguntes-algo-demasiado-obvio”

—¿Una tienda que venda corazones? No creo que necesites uno— dijo su madre voltéandose a mirar a su hijo a los ojos — ¿Acaso te sientes vacío por dentro?

Este es el momento en que todo hijo cuestiona la verdadera naturaleza de una madre. Sabe exactamente qué hacer y decir para hacerte sentir como ella quiera. Y ahí es dónde te preguntas si tu madre es una alienígena de una especie desconocida para los habitantes del planeta Tierra.

—¿Cómo supiste?— exclamó el chico, sin aliento.

—Porque yo solía sentirme igual— Jake se sorprendió y pegó un saltito mental. Porque si, los saltitos mentales son terminantemente constantes.— Hasta que fui a la Avenida Dawson, local 357 y simplemente se acabó.

Algo se iluminó en el cerebro de Jake. Quizás esa era la mágica pista que necesitaba para solucionar su problema. Aunque últimamente se había vuelto más una aflicción que un problema en sí. Quizás la solución era visitar el dichoso local 357 de la Avenida Dawson.

Subió a su habitación corriendo, para vestirse y arreglarse un poco. Una vez hecho todo esto, bajó las escaleras de a dos escalones para llegar más rápido. Cuándo su progenitora preguntó por su destino, respondió con un corto y diplomático “por ahí”, típico de adolescentes para evitarse explicaciones peligrosamente largas a los padres.

Así que Jake fue salvado por el “por ahí” como muchas veces había hecho previamente. Y se dirigió a la avenida Dawson. Fue fácil llegar, puesto que había vivido ahí toda su vida y conocía la ciudad como la palma de su mano. Y comenzó a buscar tiendas como loco. Local 83, tienda de víveres. Local 143, tienda de artículos de limpieza. Local 198, arreglo de bicicletas. Local 356, librería. Y por fin el local 357, “Shanghái records”, tienda de música.

Por un momento dudó si entrar ahí, puesto que VAMOS, NO VENDÍAN CORAZONES ¿no era obvio?

No había margen para errores, y menos uno de él al entrar a la tienda equivocada. Y por fin decidió que no tenía nada que perder.

Quedó extasiado por la cantidad de discos que ahí se encontraban. De todos los géneros y artistas que se pudieran imaginar.

“Puede que aquí no vendan corazones” pensó el chico para sí “pero no pierdo nada con entrar y echar un vistazo”

Y así hizo. Se paseaba por los múltiples pasillos, y los nombres de artistas pasaban frente a sus ojos velozmente. Cuándo alguien le tocó el hombro, él se sobresaltó. Tenía puestos uno de los auriculares desde dónde se oía con claridad, una pegadiza canción electrónica, que quedó dándole vueltas una vez terminarla. La había escuchado múltiples veces en la radio, y le apetecía escucharla de nuevo, aunque sea sólo por una vez.

Se volteó torpemente y una chica rubia de ojos afables lo miró con delicadeza.

—¿Conque te gustó la canción?—dijo la chica sosteniendo un disco en su mano. Por la forma en la que iba vestida, se podría decir a simple vista que trabajaba en la tienda como dependienta. Le tendió el disco con la mano— Yo te recomendaría que escucharas el disco completo. El artista realmente sabe a hacer magia auditiva.

El chico sonrió y tomó el disco que la chica sostenía. No sabía que decirle, así que la chica sólo se marchó, a ayudar a nuevos clientes cómo él. O simplemente a actuar de forma dulce y amable con todo el mundo. Algo le recorrió el pecho y se sintió cálido nuevamente.

Y luego, pasó algo muy raro. Sentía calor fluyendo por sus venas, una sensación de paz lo recorrió de pies a cabeza y se sintió aliviado. Se tocó el pecho distraídamente, y pudo percibir el leve golpecito en su pecho. Un latido, luego otro. Y se sentía absolutamente vivo. Emocionado por poder descubrir al fin lo que se había perdido durante tanto tiempo.

Tomó su teléfono y marcó el número de su casa. Después del tercer tono, escuchó la voz de su madre.

—Má— dijo apresuradamente — ¿Qué pasó exactamente el día en que viniste a la tienda de música?

—Es una bonita historia, hijo— dijo su madre soltando un suspiro— ese día, me dirigí a la tienda esperando comprar un disco. Pero no solo salí de la tienda con un disco, pues ese día conocí a tu padre.

El chico tragó saliva.

—¿El hizo latir tu corazón?— preguntó con nerviosismo.

—Vaya que lo hizo cariño— su madre soltó un nuevo suspiro— Y siempre recuerda, en el lugar dónde encuentres el amor, siempre va a haber una tienda de corazones

Dicho esto, cortó la llamada y Jake sonrió. Finalmente pudo comprender el verdadero significado de su vida, y la verdadera razón de su existencia.

Se dirigió a la caja con el poco dinero que traía consigo, lo suficiente como para realizar su compra. Y ahí estaba la chica, que había pasado de los pasillos a la caja con rapidez. Cuándo al fin fue su turno en la fila, la chica (que aún no tenía nombre) le sonrió y él realizó su transacción. Mientras le pasaba el dinero, dijo tímidamente.

—Me llamo Jake.

—Bueno, pues un gusto en conocerte Jake— la chica le dio el dinero restante— yo soy Amy.

La chica comenzó a envolver el regalo con sus manos finas y lo miró a los ojos. Definitivamente, esa chica hacía latir su corazón y muy rápido.

—Y no sé, si quieres invitarme a salir algún día— le entregó la bolsa con el disco— siempre estoy disponible.

Una última sonrisa antes de salir de la fila y dirigirse a otro lugar de la tienda. Se sentó en un cómodo sofá cercano a la sección de novedades y abrió la bolsa. Cuándo estaba sacando el material para examinarlo más de cerca, un papel cayó de éste, tal como hizo el papel que comenzó con toda esta historia. Pero éste no contenía una confesión y una firma torpe como el viejo hacía. Era un grupo de números, escritos en tinta negra con la dulce caligrafía de Amy. Le había dado su número y no podía esperar para llamarla. Quizás lo hiciera esa misma tarde, o al llegar a su casa.

“Acabo de plantearme toda mi existencia. Para tu cumpleaños podría regalarte un corazón, ya sabes. O si quieres te busco una tienda de corazones, a ver si alguien te compra uno”

Recordó esa nota, de la cuál parecían haber pasado siglos. Un pasado no tan distante, que lo ayudó, y no fue tan malo como pensaba.

Sonrió y salió de la tienda con una sonrisa en el rostro. Miró a Amy una vez más, sin poder borrar esa sonrisa de su cara.

Porque después de todo el sufrimiento y todo el caos que había sido de su vida en los últimos 17 años, por fin había encontrado su tienda de corazones.

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2016, Colegio Cholguán. Región del Bio Bío, Provincia de Ñuble. Yungay, Chile

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